Acción colectiva, vida cotidiana y democracia. El Colegio de México, 1999. Capítulo 1. Teoría de la acción colectiva. Alberto Melucci.
Hemos empezado a percibir una suerte de envejecimiento de la escuela de la sospecha respecto a las formas de comprensión y análisis de la acción colectiva, de lo que nos pasa, (tanto lo que pasa, como lo que viene) los modos de vida y las prácticas políticas contemporáneas. La acción colectiva, el caso que hoy se nos impone, ha estado en un estado de abandono teórico que hoy comienza a mostrar sus fatales consecuencias no sólo en términos discursivos, sino el en el plano genuinamente político, del poder, ya que al investigar estos comportamientos colectivos producto de acciones humanas, los análisis resultan ser exclusivamente equiparados a una especie de enfermedad, o a algunos determinantes estructurales, empobreciendo la potencia de estos movimientos.
Pero no es tan sólo por este desamparo por los cuales algunos fenómenos contemporáneos son intraducibles, sino que por sus rasgos micropolíticos, que están más próximos a la vida desnuda, es decir, a sus resonancias con lo intolerable para el Estado, para la razón calculadora, a sus estelas que lo hacen ligar con lo imposible, dotan a estos acontecimientos de una legitimidad innegociable con los órdenes del pacto, el acuerdo, la inclusión, de la política representativa.
Es en este sentido, que en los investigadores que analizan estas construcciones sociales, (la mayoría de veces sociólogos de diversas orientaciones teóricas, son los que de cierta han otorgado menor o mayor potencia a estas expresiones plurales) se cierne toda una instancia que puede reducir, en el primer caso, las dimensiones políticas de estas acciones, o en el segundo, legitimar concpetualmente una experiencia política y compartida, donde se agencian deseos, intereses, expectativas, negociaciones y decisiones.
La primer señal de Melucci que nos insinúa en el texto, es llamar la atención sobre la ausencia de herramientas analíticas y políticas para comprender las implicaciones de los sujetos y colectivos y sus posibilidades y límites en la acción colectiva. Señala el autor que las dos tradiciones teóricas – el marxismo y la sociología funcionalista – que han bordeado la cuestión de la acción, descuidan las relaciones de fuerza, las aporías y las tensiones que se emplazan en estos sistemas de acción.
Algunos de los análisis sobre la acción colectiva que Melucci esboza, suponen una suerte reduccionismo metodológico y analítico, donde muestra que la emergencia de estos movimientos se encuentran circunscritos como dato empírico, unitario y homogéneo a expresiones que para el autor son fruto de lo diverso y de variadas tensiones. Es así como Melucci apunta a que “la teoría de la acción necesita un desplazamiento desde las generalizaciones empíricas a las definiciones analíticas”.
Para Melucci, los movimientos son un modo de la acción colectiva, un sistema de acción que supone una pluralidad de dimensiones, que hacen que en términos analíticos la complejidad sea asumida en todos sus componentes. Las cuestiones que emergen son entonces, los móviles de la acción, la implicación de los sujetos, la construcción del nosotros en la acción, las dimensiones políticas de la acción colectiva, los modos de estar juntos, la red de relaciones afectivas, lo que subyace a una expresión concreta de un movimiento, el cómo se gesta una acción y por qué, entre otras.
Los movimientos son también construcciones sociales e históricas, con propósitos y expectativas diversas, asunto que hace tan complejo su análisis y sus posibilidades de conceptualización. La estrategia que Melucci sugiere para analizar los movimientos sociales, es descomponer la unidad como son denotadas sus acciones y mirar la multiplicidad que recorre el cuerpo de los movimientos. Los movimientos están compuestos por procesos, tensiones, conflictos, actores concretos y formas de acción, pero fundamentalmente por la creación colectiva y en la acción del nos-otros, que es un nos, el entre, y los otros, lo que es irreductible a aquel. Es en el nosotros y no en la sujeto donde cobra fuerza la acción colectiva y la política. Si queremos avistar un modo fecundo de acción colectiva y política, nuestra primera apuesta sería necesariamente, construir este nos-otros. Esto, pienso yo, exige tiempo, experimentación y pensamiento. El nosotros va surgiendo en la medida de la coimplicación, la exposición compartida y la vivencia común de experiencias intensas que liguen tanto el entre, lo entrañable, con lo que lo interrumpe, el afuera, lo extraño.
Los tres vectores de análisis, interdependientes, que Melucci plantea para una teoría de la acción son los siguientes: fines, medios y el campo. El primero es el sentido de la acción que comporta para el sujeto, el segundo las disponibilidades, los modos de hacer y las estrategias y el último, muy importante para cualquier acción, es el campo, o el lugar en donde la acción tiene lugar. Estos ejes están relacionados recíprocamente. Una acción, desde el ángulo anterior, se construye de acuerdo a estas tres orientaciones que ofrecen para los análisis de los movimientos sociales de una perspectiva que invita a asumir lo que no es tangible, lo que resulta invisibilizado y que es en últimas el murmullo que agita las pasiones de los movimientos.
Ya puestos en juego los tres vectores como intersección de la acción colectiva, Melucci plantea las dimensiones analíticas para el estudio de la acción colectiva. Estas son: la solidaridad, el conflicto y la trasgresión de los límites de un sistema en que ocurre la acción. De ahí resultan las preguntas no exentas de fuerza política, que inquieren por el cómo se gesta un actor colectivo y cómo el actor es construido en la acción?
Este análisis que se nos presenta, tiene las pretensiones de reconocer las fuerzas que componen la acción colectiva, las complejidades que la habitan, para que puedan los movimientos sociales con coraje y soberanamente jugar un papel creativo en las sociedades contemporáneas. De no hacerlo, (su vulnerabilidad, su posible neutralización, su condición peyorativa o la adaptabilidad que hace el Estado de estas fuerzas) se corre el peligro de sólo connotar la acción colectiva como una reacción, una súplica y una reivindicación más. Pero lo que necesitamos saber es qué es lo que se cuece en este tipo de relación social, qué afectos se suscitan, cómo circula el deseo en lo social, dónde toma cuerpo, qué aspectos se ligan en la acción, se legitiman, a qué atajos se ve remitido, cómo percibe el poder como potencia, como modo que está más allá de los perímetros del Estado. Siguiendo a José Luis Pardo, “los conflictos sociales no deben resolverse pidiendo al Estado que modifique sus <>, sino intentando cambiar directamente las <> de las que depende”.
Es desde ahí donde aludía al principio a una política de lo imposible, que no quiere decir que nunca va a poder ser, sino que está más ligada a la metáfora del movimiento, del gerundio, como dice Ortega y Gasset, del ser/siendo, al abandono de la esfera convencional representativa y más cerca de las potencias constituyentes de un nosotros intempestivo, que paralice las prácticas consuetudinarias de hacer política, que insinúe nuevos modos de ser con los otros, en clave del nos-otros tan difícil y por supuesto tan desafiante. Es en lo imposible (creo yo y sé que también otros) donde se gesta una inédita realidad, si no lo pensamos por lo menos inicialmente, seguiremos cargando el lastre que heredamos de las retóricas de diversas sociologías que han sido más perjudiciales de lo que creemos.
La macropolítica, las macroestructuras, la esfera representativa de la política, los partidos, las elecciones no es que dejen de existir con este análisis, lo que pasa es que una política y una comunidad de los que no tienen comunidad, dejan de mirarlas a ambas como determinantes del devenir revolucionante, condicionantes a priori, desmitifican esta abstracción en las que se le ha adjudicado más poder que el que realmente expresa. Es así que ni los modelos macro, ni las motivaciones psicológicas son capaces dice Melucci de comprender una acción colectiva concreta o la implicación de los sujetos en el movimiento.
La realidad de los movimientos para devenir y hacer mención de los flujos, de lo que se mueve, de los medios de transporte, necesita dejar de hablar de algunas cosas, dejar tanto equipaje que se le ha endilgado, renunciar a cierto tipo de análisis psicosociales, poner a la imaginación en un lugar relevante, dejar la simplicidad con que se le reviste y neutraliza en las esferas representativas, y creer en lo que logra las potencias del ser conjunto. Hablar de movimiento es resaltar aquel murmullo anónimo que como un hormigueo vibrante, como un contagio, va creando el humus de una política venidera.
Para la acción colectiva, para los movimientos sociales, me pregunto, es posible vivir sin el Estado, pensar sin el Estado?. Creo que sí, por lo menos muchos parten de nuevos ejercicios del poder, reconocen otras formas de legitimar sus acciones, lo más inactual en este mundo que es la vecindad, la comunidad, la amistad, la lengua, donde el poder no es el Estado sino es una red de microrelaciones múltiples e irreductibles, donde al tiempo que se suspenden las relaciones hegemónicas y totalitarias, se suspende el nosotros y avista el porvenir de la política y de lo político. Desprenderse de esta grandilocuencia es empezar ya a constituir el nos-otros, que nunca llega, siempre es producto de intentos fallidos que nos hacen seguir en el movimiento. Si llegamos, si encontramos el ideal político, si nuestras acciones se totalizan en un proyecto, en la emancipación, la revolución, si son resueltas fácilmente por el Derecho, el Estado, o alguna instancia como el Sindicato, el partido institucional, o extragubernamental, el movimiento sucumbe y el sedentarismo se instaura, factor peligroso para la vida misma.
Para terminar creo yo que hace falta releer y escuchar los análisis de Charles Fourier sobre las pasiones e inclinaciones humanas, los pensamientos de Gabriel Tarde sobre la realidad social, el olvido de la afectividad como proceso cultural relevante para los procesos de individuación modernos que estudia George Simmel, las investigaciones actuales de Michel Maffesoli sobre la situación emotiva de la multitud contemporánea y Erving Goffman entre otros autores que han sido notoriamente relegados de la academia y de la reflexión actual.
Es el nosotros, la categoría analítica de la política que viene, en donde podemos observar sus nudos vitales que lo configuran, mostrar las potencias de este acto constituyente, señalar las actualizaciones del poder y de conocimiento que se gestan en su interior. Para esto no basta con convertirla en objeto de estudio, sino expresar sus tensiones y apuestas, vivirla para no ser tan deshonestos con lo que estamos pensando.