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La Coctelera

Comunidad y Educación

La relación entre comunidad y formación de las subjetividades hoy nos tienta a algunos desde distintos ángulos. Pienso que la formación más que un dar forma a algo, es ese algo (sin nombre) el que nos da movimiento, por el que somos penetrados (casi siempre es un enigma).
Pero qué puede ser eso que llamamos algo, cualquier cosa o es el movimiento mismo: la metáfora?.

Para circular ahí, para estar en movimiento, es necesario decir que formar tiene, creo, hoy en día, que ver más con la creación de zonas de vecindad, la circulación de un mar de afectos que un problema de fondo o de contenido. Muchas pueden ser las figuras, aunque no pocas pueden ser las sensaciones. El problema está ahí, es de cuerpo como de sus potencias, porque el ser de la formación es ante todo un ser de la sensación.

Pero qué relaciones existen entre formación y comunidad? Nombremos hoy una; ambas tienen que ver con la exposición de una singularidad, con el reparto de una diferencia, con la recomposición del espacio de lo sensible. Formación sólo en el entre, formación de la comunidad y de una comunidad en formación.

Buscaré oscilar un poco más en la pregunta y luego les contaré que cosas se desprendieron, se salieron para encontrarse de nuevo o para nunca más volver

5 Cantos para que pueda crecer allí el silencio

I
Ahora, el desafío es menor.
Muchos no quieren discutir
mirán con desdén.
Otros escriben la flecha
y no el eco.

II
Conversar es sentir la hospitalidad del eco...(del viento)
casi no importa saber con prolijidad el foco de donde emana,... Conversamos porque ya estamos atravesados por la sísmica de ellos.

III
La polifonía que se generan por el roce de las lenguas,
de los besos (su musicalidad)
y la intimidad de las lenguas,
trae al lugar que percibimos más vacío
el drama y la trama de la conversación.

IV
Cuando se desvanecen estas señales
se pierde lo múltiple,
los ecos
no hay resonancias en la piel
del otro,
se instala en demasía un chirrido
que nadie soporta.

V
Se van los ecos, este es su destino
se van.
se van alegres, intermitentes
surge el canto y el silencio
alumbra el misterio.

Fragmentos de un nosotros que se resiste

Ahora parecen para nosotros insostenibles muchas cosas. No sé por que a veces se piensa en la sostenibilidad, si la finitud la exponemos a cada instante.

La comunidad y la política, es lo que apenas viene llegando. Todavía no tenemos nombre ni concepto para lo que estamos haciendo e intuyendo, sólo se nos revela algo y ese algo, que es una especie de plus, gotea lentamente la existencia.

Cuando suspendemos el discurso (y nosotros también) en resuelta soberanía y coraje de la experimentación, en horizonte compartido de la experiencia, se nos dice que nos estamos yendo.
Esto es cierto, nos movemos imperceptiblemente, danzamos con alegría, erramos a tientas, tentados, apasionados. Intentos de decisiones impostergables.

Ya no sólo concentramos problemas, las intuiciones que en instantes toman presencia, nos empujan a lugares más enigmáticos.

El problema no es de la hora, ni de los "monólogos", tampoco de la ausencia de compromiso y fidelidad con los objetos de estudio. La hora tampoco es el problema, reiteramos, el nudo vital aquí es nuestro tiempo-ahora.

La cuestión es elegir ciertos tonos y acordes, grados de temperatura, humedad relativa, gradientes de intensidad, espacios intersticiales. Es un problema realmente de física. Las gramáticas de la creación también se suspenden cuando aclimatamos los discursos con la frescura que nos dan las metáforas.

El gesto, el guiño de ojo, un poco de tacto, entusiasmo compartido, un tris de respiración, un poco y nada más, la nada y un poco más.

La oscuridad no miente

La oscuridad no miente, señalaba Bataille,... y aunque perdamos ante la claridad hoy lo pensaba, sentimos que ganamos en intensidad, en la extenuación de la clarividencia. La cuestión como siempre supone una decisión y yo por lo menos prefiero el movimiento de lo común que seguir en la idea que reduce la existencia a mero dato.

Las comunidades virtuales, son un ejemplo de esto, de la posibilidad de una ficción común que es hasta el momento reciclada por aquellos que ven en la creación la ocasión de sumergirse en el misterio.

En clave de los usos, las actuales tecnologías posibilitan algo que a muchos nos gusta, esto es el compartir; creo que en tal rasgo, la comunidad es la experiencia intensa de la desposesión y la donación de efectos por antonomasia.
Hasta el momento estamos ensayando, intentando inaugurar una nueva economía política que es hoy la insistencia en percatarnos de lo que viene, sólo en el entre que es lo político.

Para los que nos interesa la producción inmaterial, creo que los nuevos medios facilitan unas búsquedas que son las que activan el estado de ánimo, asunto improrrogable de nuestro destino. Tal vez intentemos aquello de lo que hemos sido privados, la conmoción que es una emoción compartida que en el campo de lo virtual, trama un escenario que nos catapulta a nuevas creaciones.

Como amamos todo lo que fluye, como al caminar dejamos huella, no nos incumbe tanto ir a ella como condensar la fuerza de un germén vírico. Esto resulta insoportable para los que quieren convertir el caos que nos habita en un cosmos controlable. Y al no haber cuerpo del delito nuestra clandestinidad insobornable mezcla la fuerza de la creación y el pensamiento, dos colores que se imprimen en la tela de nuestra existencia.

Venimos pensando sin el Estado, o es un estado de emergencia que dota el movimiento singular-plural de dimensiones hasta ahora desconocidas. Dejamos a otros que comprendan el fenómeno, a nosotros quizá sólo no interese jugar cuando cazamos el instante eterno del gozo. Pasamos por pragmáticos e inmorales, no cabe duda, pero sabemos que cuando sea comprendido con claridad lo que pasa, nosotros ya estaremos en otro reparto, en el júbilo de otro envite. Pasa el tiempo, pasamos nosotros, el tiempo pasa, el pensamiento no tiene asiento, la creación no tiene porqué simular lo que el cuerpo fracturado no da espera.

Teoría de la acción colectiva

Acción colectiva, vida cotidiana y democracia. El Colegio de México, 1999. Capítulo 1. Teoría de la acción colectiva. Alberto Melucci.

Hemos empezado a percibir una suerte de envejecimiento de la escuela de la sospecha respecto a las formas de comprensión y análisis de la acción colectiva, de lo que nos pasa, (tanto lo que pasa, como lo que viene) los modos de vida y las prácticas políticas contemporáneas. La acción colectiva, el caso que hoy se nos impone, ha estado en un estado de abandono teórico que hoy comienza a mostrar sus fatales consecuencias no sólo en términos discursivos, sino el en el plano genuinamente político, del poder, ya que al investigar estos comportamientos colectivos producto de acciones humanas, los análisis resultan ser exclusivamente equiparados a una especie de enfermedad, o a algunos determinantes estructurales, empobreciendo la potencia de estos movimientos.

Pero no es tan sólo por este desamparo por los cuales algunos fenómenos contemporáneos son intraducibles, sino que por sus rasgos micropolíticos, que están más próximos a la vida desnuda, es decir, a sus resonancias con lo intolerable para el Estado, para la razón calculadora, a sus estelas que lo hacen ligar con lo imposible, dotan a estos acontecimientos de una legitimidad innegociable con los órdenes del pacto, el acuerdo, la inclusión, de la política representativa.

Es en este sentido, que en los investigadores que analizan estas construcciones sociales, (la mayoría de veces sociólogos de diversas orientaciones teóricas, son los que de cierta han otorgado menor o mayor potencia a estas expresiones plurales) se cierne toda una instancia que puede reducir, en el primer caso, las dimensiones políticas de estas acciones, o en el segundo, legitimar concpetualmente una experiencia política y compartida, donde se agencian deseos, intereses, expectativas, negociaciones y decisiones.

La primer señal de Melucci que nos insinúa en el texto, es llamar la atención sobre la ausencia de herramientas analíticas y políticas para comprender las implicaciones de los sujetos y colectivos y sus posibilidades y límites en la acción colectiva. Señala el autor que las dos tradiciones teóricas – el marxismo y la sociología funcionalista – que han bordeado la cuestión de la acción, descuidan las relaciones de fuerza, las aporías y las tensiones que se emplazan en estos sistemas de acción.

Algunos de los análisis sobre la acción colectiva que Melucci esboza, suponen una suerte reduccionismo metodológico y analítico, donde muestra que la emergencia de estos movimientos se encuentran circunscritos como dato empírico, unitario y homogéneo a expresiones que para el autor son fruto de lo diverso y de variadas tensiones. Es así como Melucci apunta a que “la teoría de la acción necesita un desplazamiento desde las generalizaciones empíricas a las definiciones analíticas”.

Para Melucci, los movimientos son un modo de la acción colectiva, un sistema de acción que supone una pluralidad de dimensiones, que hacen que en términos analíticos la complejidad sea asumida en todos sus componentes. Las cuestiones que emergen son entonces, los móviles de la acción, la implicación de los sujetos, la construcción del nosotros en la acción, las dimensiones políticas de la acción colectiva, los modos de estar juntos, la red de relaciones afectivas, lo que subyace a una expresión concreta de un movimiento, el cómo se gesta una acción y por qué, entre otras.

Los movimientos son también construcciones sociales e históricas, con propósitos y expectativas diversas, asunto que hace tan complejo su análisis y sus posibilidades de conceptualización. La estrategia que Melucci sugiere para analizar los movimientos sociales, es descomponer la unidad como son denotadas sus acciones y mirar la multiplicidad que recorre el cuerpo de los movimientos. Los movimientos están compuestos por procesos, tensiones, conflictos, actores concretos y formas de acción, pero fundamentalmente por la creación colectiva y en la acción del nos-otros, que es un nos, el entre, y los otros, lo que es irreductible a aquel. Es en el nosotros y no en la sujeto donde cobra fuerza la acción colectiva y la política. Si queremos avistar un modo fecundo de acción colectiva y política, nuestra primera apuesta sería necesariamente, construir este nos-otros. Esto, pienso yo, exige tiempo, experimentación y pensamiento. El nosotros va surgiendo en la medida de la coimplicación, la exposición compartida y la vivencia común de experiencias intensas que liguen tanto el entre, lo entrañable, con lo que lo interrumpe, el afuera, lo extraño.

Los tres vectores de análisis, interdependientes, que Melucci plantea para una teoría de la acción son los siguientes: fines, medios y el campo. El primero es el sentido de la acción que comporta para el sujeto, el segundo las disponibilidades, los modos de hacer y las estrategias y el último, muy importante para cualquier acción, es el campo, o el lugar en donde la acción tiene lugar. Estos ejes están relacionados recíprocamente. Una acción, desde el ángulo anterior, se construye de acuerdo a estas tres orientaciones que ofrecen para los análisis de los movimientos sociales de una perspectiva que invita a asumir lo que no es tangible, lo que resulta invisibilizado y que es en últimas el murmullo que agita las pasiones de los movimientos.

Ya puestos en juego los tres vectores como intersección de la acción colectiva, Melucci plantea las dimensiones analíticas para el estudio de la acción colectiva. Estas son: la solidaridad, el conflicto y la trasgresión de los límites de un sistema en que ocurre la acción. De ahí resultan las preguntas no exentas de fuerza política, que inquieren por el cómo se gesta un actor colectivo y cómo el actor es construido en la acción?

Este análisis que se nos presenta, tiene las pretensiones de reconocer las fuerzas que componen la acción colectiva, las complejidades que la habitan, para que puedan los movimientos sociales con coraje y soberanamente jugar un papel creativo en las sociedades contemporáneas. De no hacerlo, (su vulnerabilidad, su posible neutralización, su condición peyorativa o la adaptabilidad que hace el Estado de estas fuerzas) se corre el peligro de sólo connotar la acción colectiva como una reacción, una súplica y una reivindicación más. Pero lo que necesitamos saber es qué es lo que se cuece en este tipo de relación social, qué afectos se suscitan, cómo circula el deseo en lo social, dónde toma cuerpo, qué aspectos se ligan en la acción, se legitiman, a qué atajos se ve remitido, cómo percibe el poder como potencia, como modo que está más allá de los perímetros del Estado. Siguiendo a José Luis Pardo, “los conflictos sociales no deben resolverse pidiendo al Estado que modifique sus <>, sino intentando cambiar directamente las <> de las que depende”.

Es desde ahí donde aludía al principio a una política de lo imposible, que no quiere decir que nunca va a poder ser, sino que está más ligada a la metáfora del movimiento, del gerundio, como dice Ortega y Gasset, del ser/siendo, al abandono de la esfera convencional representativa y más cerca de las potencias constituyentes de un nosotros intempestivo, que paralice las prácticas consuetudinarias de hacer política, que insinúe nuevos modos de ser con los otros, en clave del nos-otros tan difícil y por supuesto tan desafiante. Es en lo imposible (creo yo y sé que también otros) donde se gesta una inédita realidad, si no lo pensamos por lo menos inicialmente, seguiremos cargando el lastre que heredamos de las retóricas de diversas sociologías que han sido más perjudiciales de lo que creemos.

La macropolítica, las macroestructuras, la esfera representativa de la política, los partidos, las elecciones no es que dejen de existir con este análisis, lo que pasa es que una política y una comunidad de los que no tienen comunidad, dejan de mirarlas a ambas como determinantes del devenir revolucionante, condicionantes a priori, desmitifican esta abstracción en las que se le ha adjudicado más poder que el que realmente expresa. Es así que ni los modelos macro, ni las motivaciones psicológicas son capaces dice Melucci de comprender una acción colectiva concreta o la implicación de los sujetos en el movimiento.

La realidad de los movimientos para devenir y hacer mención de los flujos, de lo que se mueve, de los medios de transporte, necesita dejar de hablar de algunas cosas, dejar tanto equipaje que se le ha endilgado, renunciar a cierto tipo de análisis psicosociales, poner a la imaginación en un lugar relevante, dejar la simplicidad con que se le reviste y neutraliza en las esferas representativas, y creer en lo que logra las potencias del ser conjunto. Hablar de movimiento es resaltar aquel murmullo anónimo que como un hormigueo vibrante, como un contagio, va creando el humus de una política venidera.

Para la acción colectiva, para los movimientos sociales, me pregunto, es posible vivir sin el Estado, pensar sin el Estado?. Creo que sí, por lo menos muchos parten de nuevos ejercicios del poder, reconocen otras formas de legitimar sus acciones, lo más inactual en este mundo que es la vecindad, la comunidad, la amistad, la lengua, donde el poder no es el Estado sino es una red de microrelaciones múltiples e irreductibles, donde al tiempo que se suspenden las relaciones hegemónicas y totalitarias, se suspende el nosotros y avista el porvenir de la política y de lo político. Desprenderse de esta grandilocuencia es empezar ya a constituir el nos-otros, que nunca llega, siempre es producto de intentos fallidos que nos hacen seguir en el movimiento. Si llegamos, si encontramos el ideal político, si nuestras acciones se totalizan en un proyecto, en la emancipación, la revolución, si son resueltas fácilmente por el Derecho, el Estado, o alguna instancia como el Sindicato, el partido institucional, o extragubernamental, el movimiento sucumbe y el sedentarismo se instaura, factor peligroso para la vida misma.

Para terminar creo yo que hace falta releer y escuchar los análisis de Charles Fourier sobre las pasiones e inclinaciones humanas, los pensamientos de Gabriel Tarde sobre la realidad social, el olvido de la afectividad como proceso cultural relevante para los procesos de individuación modernos que estudia George Simmel, las investigaciones actuales de Michel Maffesoli sobre la situación emotiva de la multitud contemporánea y Erving Goffman entre otros autores que han sido notoriamente relegados de la academia y de la reflexión actual.

Es el nosotros, la categoría analítica de la política que viene, en donde podemos observar sus nudos vitales que lo configuran, mostrar las potencias de este acto constituyente, señalar las actualizaciones del poder y de conocimiento que se gestan en su interior. Para esto no basta con convertirla en objeto de estudio, sino expresar sus tensiones y apuestas, vivirla para no ser tan deshonestos con lo que estamos pensando.

A propósito de una extraña sensación

Es extraño y a la par promisorio pensar la comunidad desde sus umbrales, desde aquellos lugares que son poco comunes para el lenguaje instituido, social y disciplinar, así como también en el marco de las epistemes restringidas que miran con desdén la complejidad que habita una formación histórica y social particular. Esta imposibilidad nos ha planteado nuevas indagaciones, así como explícitas renuncias; nos ha sugerido elegir (aún cuando sea un poco difícil) una distancia que suspenda todo condicionamiento irreductible de la comunidad a un territorio, a una identidad o a cualquier elemento que connote propiedad.
Es así que nos permitimos aproximarnos a dibujar uno que otro boceto sobre esta relación que hoy se afirma entre nosotros como lugar de la experiencia donde la lengua se hace a la vez más íntima e intensa y por estos rasgos genuinamente virtual y si se quiere imperceptible.

Decimos lo siguiente: a la vez que nos vamos sintiendo inmersos en este sin lugar, que es el espacio por excelencia de la comunidad, en cuanto proximidad de la experiencia compartida, nos vamos inclinando a otras formas de decir y hacer comunidad. Cuestión que ahora nos permite indagar por las relaciones que disponiéndonos alegremente se componen en lo común, en el espacio de producción de la subjetividad. Esto plantea pues, un desplazamiento radical, ontológico y disuelve quizá cualquier presupuesto teórico que no lleve articulado una pre-ocupación ética, estética y política, es decir, las relaciones y gestos que en el entre, (nosotros) constituyen la subjetividad a la par que enriquecen su poder constituyente.

Ambas lecturas muestran una línea difícil de perfilar, que se hace cada vez más proclive a su contraste trágico para los que vamos sin prisa pero alertas a construir otros estilos de vida y otras estéticas del pensamiento.
Idas y vueltas, motivaciones y especulaciones que atraviesan el leitmotiv de la comunidad (la experiencia compartida) nos hacen ver sus rasgos contemporáneos, al punto de derivar una escritura que irrumpa osadamente, sin miedo y sin encubrir cualquier calco de totalitarismo.

Hoy, estamos más que nunca comprometidos con evitar que se cuele entre nosotros, campos de exterminio como los que testimonia el precedente siglo. La cuestión del vivir con otros, solidariamente, ha rebasado cualquier aliento territorial. Ahora es el planeta y sus convulsas contradicciones las que exigen a cualquier comunidad atisbar en lo común y en sus modos de producción y circulación su resuelta actuación.

Si ubicamos las identidades barriales, colectivas, la construcción de sujetos sociales, la vecindad, las redes sociales, como bastiones de ambas lecturas, pensamos que hacen parte de la singularidad de una preocupación y de una trayectoria intelectual. Pero hoy nos preguntamos por la nuestra, ya que así consiste el ejercicio de un pensamiento en situación y contemporáneo de nuestras afectos y preceptos.

En este caso he pensado que pasar en un seminario de comunidad, de lo etimológico, filosófico, a lo étnico y urbano,... denota un paisaje que puede pasar inadvertido para nosotros, si procedemos de uno a otro afanados y sin algunas cuestiones, preguntas y afecciones que incardinen los movimientos investigativos de cada uno de nosotros. Creo que la plataforma de los seminarios poseen esta intencionalidad. Es en nombre de esto que nuestras pulsiones investigativas son necesariamente condiciones de un giro en la escritura y en lo que se piensa. De no hacerlo se corre el riesgo de realizar un juego retórico que supone de antemano una orientación en los contenidos. Pero me pregunto, si los contenidos y lecturas son dadas previamente, a qué se nos convoca en cada seminario, a constatar, a arribar a consensos, a participar democráticamente, a instruirnos en el plano de lo que es alfabetizable? O lo que se trata es de un paneo y una muestra actual por los diversos modos y rasgos de comunidad? A partir de esta ignorancia creo que se encuentra la posibilidad de acoger lo inaudible y la necesidad hoy más que nunca de la fiesta.

Cerrando esta breve deriva, y pasando al tema en cuestión, el barrio ha sido un lugar para la constitución de diferentes identidades colectivas, que alrededor de una práctica común y concreta ha determinado inéditos modos de estar conjunto, de acciones colaborativas y de luchas colectivas. Pero cuando trato de recordar el barrio, es como si rememorara la infancia, sus hazañas, los lugares sagrados y conquistados, los olores, los paisajes, las amistades construidas. Ahora estoy más en red que en mi propio barrio, a esto me refiero con las explícitas distancias que una lectura como estas produce. Quizá ahora si no basta con constatar una realidad, me parece más honesto dejar que un efecto de lectura y de escritura acontezca.

El lugar hoy es otro, las relaciones que se gestan y las travesías que se fundan, se vinculan a experiencias de índole más temporal que espacial. Lo digo especialmente porque me reconozco en la figura del extranjero en el tiempo como en la lengua. Experiencias en y con lo desconocido son ahora las formas de conectarme y de cultivar las fuerzas que componen el lugar de la comunidad. Así como se multiplican los itinerarios, también en la opacidad, no sé muy bien si en su declive, se establecen diferencias que se traslucen en las experiencias compartidas. No soy quien para desestimar una reflexión que en términos de contemporaneidad, adolece de la puesta en común de subjetividades que cuidan de sí mismos como de sus relaciones con los otros. La apuesta por la comunidad hoy difiere radicalmente y los grados de desviación son coextensivos con el placer de la singularidad cuando logra componerse a través de distintas mediaciones.

Es ahí donde quisiera acentuar y donde quizás gane velocidad e intensidad más la experiencia que el mismo teorizar. Qué seguirá, no lo sabemos, pero tenemos una cierta claridad frente a la subjetividad investigativa que se está formando en estos espacios del seminario. El cuerpo reclama de otro tipo de fuerzas que palpables en la potencias del lenguaje, acercan con mayor vitalidad lo que queremos radicalmente construir con los otros, con los próximos y vecinos.

La experiencia indica un momento de efusión y de éxtasis

En un espacio ilimitado donde se abren destinaciones abisales, la experiencia indica un momento de efusión y de éxtasis. La comunidad como tejido afectivo inserta en lo desconocido una opción de fuga ante los comunitarismos de diverso cuño. Ya sea errante, magmática, plástica y fluida, la subjetividad del sujeto y la comunidad no han de dejarse conceptuar, ya que se han vuelto un lugar común, una suerte de paradigma o referente indispensable en cualquier discurso de actualidad. Si se hace un desprevenido recorrido por revistas latinoamericanas de educación de los últimos cinco años, la cuestión del sujeto y las subjetividades es un asunto que se presenta como de primer orden. Igual que el ser conjunto, la intersubjetividad, son categorías a mi parecer de una enjundia política que comienzan a perder su complicidad revolucionante cuando se posicionan como tópicos indefectibles. Pero el problema no es tanto de modas como de modos de generación y de desaparición. El problema de la subjetividad es más ético y político, una cuestión de decisión, de arrojo que de cualquier otra instancia trascendente que le imponga violentamente sus espacios de regulación. He aquí una peligrosa dirección y una rareza del enunciado. Es difícil explicarse, cuando de la voz y del pensamiento sólo quedan los rastros de un eco, una resonancia que pasa sin retorno. Así, las experiencias son lo inaudito del subjetividad, lo que viene cuando el panorama lo ha objetivado como si fuese una planta medicinal.

Este tipo de pensamientos de la subjetividad singular amerita otro tipo de escritura, que pueda en su relación de opacidad, en el encuentro con lo desconocido, hacer circular un instante donde la imposibilidad se encarne y la imposibilidad de comunicar nos interrumpa. Hablar del sujeto hoy implica un habla plural, un silencio perturbador, asignificante, que no representa nada. Sin embargo la clausura de lo evidente y la apertura a los sonidos del mundo, supone del ritmo necesario para que la danza aparezca. Sin apertura, creo yo, dudosamente podemos pensar en la danza, además que el cierre es la oclusión del movimiento o la inclinación por lo continuo. Igual que el arte, el sujeto no expresa más la realidad que sus sombras. La fascinación por una de las caras de la moneda impide lo que nos sobrecoge en el enigma de lo indeterminado. Un extrañamiento eminentemente inaudito, expresa la experiencia del pensamiento que cree más en su juego de incógnitas que en la repartición de lo par. El sujeto concebido como espacio relacional, juego de sombras y de mutaciones que las experiencias límites generan, no es un espacio para pensar lo social, la realidad, no es un espacio teórico, cuando menos un concepto. Es un suspenso móvil, una transición, un pasaje, un paisaje. Nada que esté cerca de las palancas ni de las lógicas numéricas, el sujeto es la apariencia de su desaparición: su devenir.

“Los verdaderos pensamientos preguntan, y preguntar es pensar interrumpiéndose” (Blanchot, diálogo inconcluso, p.526). Pensar al sujeto y a la subjetividad como un trance, requiere la interrupción que la experiencia como fuente del conocimiento y de la comunidad, embriaga el todo de los fragmentos singulares, es decir su contorno fractal.

Consideremos las cosas de otro modo, intuyendo otras disposiciones para que el sujeto entre retirándose, es decir incorporando lo común de sus experiencias. No quiero que me den la razón, solamente intento un trayecto que pervierte las lógicas del consenso, del vínculo y de lo absoluto de una relación. Parto de lo inusual para que la experiencia que hace al sujeto no pueda denotarse como una regularidad exclusiva de lo social, sino que haga metástasis en un movimiento del movimiento, que ligue más con lo inédito y vivo de sus pasiones, con un susurro donde nadie puede pretenderse propietario.

El sujeto ahora no se totaliza en un proyecto, es sobretodo la pasividad del recorrido por los meandros de sus afecciones. Cuando decimos no al proyecto, es porque sentimos que a veces la carga denotativa de un desarrollo es proclive a su impasibilidad. Nos interesa resaltar el ritmo y la alegría que se produce en el gesto que se compone, se comparte, se dispersa en un territorio poco común, que liga más con las virtualidades que con lo que conocemos como real. Lo real desprestigiado por la clarividencia de la comprobación, la argumentación pisotea el lado afectivo que acompasa lo que es el sucedáneo del proyecto: el trayecto, el umbral de composición.

La comunidad como el destino imposible de la subjetividad, es la puesta en común de lo infinito, es la puesta en común de la vida afirmativa. Al lado de estos presupuestos, la subjetividad, me interesa ante todo por la vi que se encuentra en medio, la vida en medio de, y por la vid que se empareja con el vino, con Dionisio, dios de la vid, del delirio, del entusiasmo, del éxtasis, de la danza, de la tragedia y de las fiestas. La subjetividad va por ahí, sólo en el medio se disemina, no hay otra entrada posible. Si queremos dejar de mantener aquella perentoriedad del sujeto, impostando una retórica sublime, hemos de estar en medio, implicados en la intimidad de un movimiento insistente, imposiblemente de determinar, a veces de escribir. Me encuentro ante esa imposibilidad de quebrantar el espacio, para que aparezca de otro modo. Pasa lo mismo con el principio de incertidumbre de la física contemporánea. Es en este sentido, pero también en otro como el estar en medio, entre, es una figura no sólo de la vi de la subjetividad sino también de la tensión, de la energía potencial de la vida.

Andrés David Fonseca Díaz

Siempre vela tras de ti una vasta melodía, tejida por mil voces.

Hace un poco tiempo, revisando mis notas al margen, me topé con unos fragmentos de las Obras Completas del poeta y novelista Rainer Maria Rilke (Austria, 1875-1926) que se intitulaban "notas sobre la melodía de las cosas". Tal vez logran captar la fuerza de la comunidad, quizás también el canto de una lámpara o la voz de una tormenta, la respiración de la noche o el gemir del mar.

“No se encuentran los unos a los otros más que un momento que tienen en común, una tormenta que tienen en común, una pieza única en la cual se reencuentran. No comienzan a tener relaciones más que a partir del momento que hay un fondo detrás de ellos […] Ya sea que estés rodeado por el canto de una lámpara o por la voz de una tormenta, por la respiración de la noche o el gemir del mar, siempre vela tras de ti una vasta melodía, tejida por mil voces, en la que de un momento a otro únicamente tu solo encuentra lugar. Saber cuándo debes intervenir tú en el coro es el secreto de tu soledad; de la misma manera que el arte de la relación verdadera: dejarse caer de la altura de las palabras en la única y común melodía. […]
Toda comunidad supone, sin embargo, una serie de seres solitarios distintos. Antes que ellos había simplemente un todo sin ninguna relación, librado a sí mismo. […]
Y son justamente los más solitarios los que tienen la mayor parte en la comunidad. […] Aquel que percibiera la totalidad de la melodía sería a la vez el más solitario y el más comunitario. Pues él entendería lo que nadie entiende”.

Andrés David