COMO PODER ESTAR Y NO ESTAR: ensayo sobre la falta de movimiento
Quisiera no ser tan pesimista en los pensamientos que aquí les ofrezco, frente a las problemáticas que ahora convocan todo nuestra reflexión y nuestro cuerpo.
Valoro los diagnósticos y elucubraciones en torno a la sociedad contemporánea que han venido haciendo las diversas disciplinas, aunque las someto a inventario, dada la impertinencia de algunas y la perversidad de otras. No son los presupuestos teóricos, sino la experiencia cotidiana lo que guía este movimiento extremo en lo posible, aunque para algunos parezca un poco desatinado; la experiencia me ha hecho pensar así. La experiencia ya me ha desviado, su movimiento augura una potencia incontrolable.
Tal vez estemos habituados a las reflexiones sobre la “crisis” que nos aqueja, desde los medios, la familia, la universidad, las relaciones laborales y que aún sin quererlo nos encontramos provistos de una amalgama de teorías sobre la condición histórica que estamos viviendo. Estamos inmersos en estos discursos sobre la representación de una coyuntura no sé del todo hasta dónde inevitable. Lo que les quiero comentar brevemente tiene que ver con un ejercicio de suspensión, de cierta altura más allá del derecho, de la economía y de la promesa comunitaria que recaban por diluir esos imperativos categóricos universales que hoy están socavando nuestras experiencias con los otros y enfriando el espacio y el tiempo de la política.
Por una parte pienso y me cuestiono si lo que las conclusiones a las que han llegado estos sistemas discursivos, proveen herramientas para pensar el presente y lo que viene, involucrando lo que hasta ahora no se ha dicho, lo que no ha tenido lugar, el espaciamiento de lo utópico. De no hacerlo, vaya sorpresa si estamos formándonos en una erudición bastante añeja y desprovista de potencia.
Paso a los textos que hoy concitan esta reflexión, abriendo un espacio no del todo tan obvio y natural: el estado de salud de la cuestión y de la experiencia de la comunidad. Creo que estas intuiciones invocan no sólo el desamparo aprehendido, sino que van más allá situando en otras coordenadas y notas musicales el sentido de la comunidad. Quizás lo que les cuento, no invita a una nostalgia o una pérdida irreparable de la comunidad y cuando menos a una promesa más de los comunitarismos matizados que hoy invaden el espacio político. La condición histórica que estamos viviendo, sin hacer mucho alarde, está en mi concepción más próxima a la inauguración de esa otra política que molecularmente se va tejiendo sin tener que pasar por una voluntad general que la legitime, sino más bien experimentando en otras relaciones comunes que nos desplazan de toda propiedad, vínculo social alternativo o a una nueva politización de la sociedad.
La desconfianza puede ser muy grande, pero lo que estoy viendo, lo que la comunidad de los que estamos sin comunidad viene percibiendo, es que es un camino entre sinuoso y desafiante que potencia nuestras experiencias en una inmanencia fuera de lo común que sin embargo y paradójicamente contiene lo común. La paradoja también de una comunidad que funda nuevas economías, nuevos derechos y nuevas experiencias políticas, aunque quizás lo político es lo que está aún por venir. Hoy la ambigüedad no puede estar proclive a las demandas perecederas de una mañosa tendencia perversa, ni tampoco a cierto nihilismo que rechaza todo lo emergente. La postura en la que me ubico hace parte de un movimiento que desborda los parámetros previamente aprehendidos que endilgan el ejercicio de nuestra fuerza a una frontera o a la institucionalidad que echa a perder la intensidad que nos recorre.
Las abstracciones jurídicas y monetarias, aunque “concientes” de ellas, escapan en lo que pensamos a la regularidad de sus presupuestos implícitos, y esta fuga posibilita el erguimiento necesario para ponerlas a un lado e incoar otros trayectos de mucha más singularidad y compromiso con la vida.
Está claro que se ha dicho mucho sobre la comunidad, pero aún falta otras cosas que nos lleven a otros parajes de la existencia, a otros modos de la pregunta por ella. Ahí está en mi pensar un desafío no tan fácil de digerir, ya que plantea ejercicios con los otros que a veces nos cuesta asumir. José Bengoa en su texto “Modernización, comunidad y política” asume el enfriamiento de la política por la granizada de la mercantilización y hace un análisis del abandono de las experiencias que empobrecen los modos de construir la cosa pública, que pueden parecer en mi perspectiva entre elocuentes y maculados.
Nada más lejos sobre la política que viene, la que hoy apenas balbuceamos y por la cual donamos la vida a los otros para tejer trama, la que se percibe en los textos planteados como pretextos para esta sesión, como la “estrategia de derechos y democracia”, “más allá del individualismo: en busca de un terreno común”,… porque analizan el presente echando a perder lo que hoy me hace percibir como unos nuevos modos de acceder a lo común, de realizar lo que el pensador José Luis Pardo llama máquinas y componendas.
El universalismo jurídico y la economía monetaria que se mencionan en varios de los textos, a pesar de que son dos registros que han provocado en algunos casos la carencia de vínculo, cierto malestar en las subjetividades, también nos hacen pensar en su inversión, en una trampa y en una mentira que hoy no podríamos decir del todo piadosa. La moneda que ha perdido su cuño y la jurídica que nos intenta totalizar sin poder hacerlo, son hoy otras; no sé si para todos (esto casi no me constriñe) o quizás queremos ritmarlas de otras maneras. El ritmo otra vez de nuevo, el gesto y la fiesta, no es que simplifiquen la tragedia, sino que la hacen más gozosa. Para esto muchas renuncias, muchas monedas invaluables, muchas jurídicas vitales que no sucumben tan rápidamente al espacio de la legalidad. Si nos ha tocado ser clandestinos, no ha sido un imperativo como una elección, guardando la proporción con esta expresión que hoy se puede prestar para malentendidos. Así también la comunidad, inaugurando un destino como una pulsión de un desencuentro, casi así como un coro que nos llama y dice: un feliz viaje.
En efecto y por estos efectos, la comunidad deja de ser pensada en el marco de las sociologías más irreverentes, en las filosofías más positivas y en las antropología más vanguardistas, para empezar a indicar un trayecto en lo desconocido en el entre imborrable de los hombres sin contenido. Un aviso no del todo tan insolente, que no busca resarcir estados del arte sobre la comunidad, sino que intenta un desplazamiento y las consecuencias y derivas que esto suscita entre nosotros.
Que el vínculo social se haya perdido, que la economía cooptó el lugar de la política y por esto hemos ganado en abstracción y perdido en presencia, son entre muchos otros y entre multitud de niveles, expresiones indefensas ante los centelleos que hoy titilan en otras comunidades que decidieron pasar por estos sermones velozmente y conquistar lo posible en su imposibilidad y el naufragio con los otros hasta los límites.
No sé hasta dónde esto sea audible para ustedes, pero si logra desplazar la reflexión comunitaria y moderna, a los confines de la experiencia vital, a la exposición singular compartida, a los rituales del pensamiento jovial, créanme que estamos siendo más honestos y podríamos decir todavía hablan por nosotros residuos de humanidad.
De lo contrario pongamos el entendimiento y la conciencia de nuevo, fundemos una comunidad como si esto fuese poder de un sujeto, continuemos debatiendo algo que no lo amerita, circunscribamos los atisbos e intuiciones al lugar gélido de lo improbable y de sentencias irreversibles que dotan a la contingencia con el velo ocre de la amargura y la desilusión.
Andrés Fonseca

