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26 Septiembre 2006

La experiencia indica un momento de efusión y de éxtasis

En un espacio ilimitado donde se abren destinaciones abisales, la experiencia indica un momento de efusión y de éxtasis. La comunidad como tejido afectivo inserta en lo desconocido una opción de fuga ante los comunitarismos de diverso cuño. Ya sea errante, magmática, plástica y fluida, la subjetividad del sujeto y la comunidad no han de dejarse conceptuar, ya que se han vuelto un lugar común, una suerte de paradigma o referente indispensable en cualquier discurso de actualidad. Si se hace un desprevenido recorrido por revistas latinoamericanas de educación de los últimos cinco años, la cuestión del sujeto y las subjetividades es un asunto que se presenta como de primer orden. Igual que el ser conjunto, la intersubjetividad, son categorías a mi parecer de una enjundia política que comienzan a perder su complicidad revolucionante cuando se posicionan como tópicos indefectibles. Pero el problema no es tanto de modas como de modos de generación y de desaparición. El problema de la subjetividad es más ético y político, una cuestión de decisión, de arrojo que de cualquier otra instancia trascendente que le imponga violentamente sus espacios de regulación. He aquí una peligrosa dirección y una rareza del enunciado. Es difícil explicarse, cuando de la voz y del pensamiento sólo quedan los rastros de un eco, una resonancia que pasa sin retorno. Así, las experiencias son lo inaudito del subjetividad, lo que viene cuando el panorama lo ha objetivado como si fuese una planta medicinal.

Este tipo de pensamientos de la subjetividad singular amerita otro tipo de escritura, que pueda en su relación de opacidad, en el encuentro con lo desconocido, hacer circular un instante donde la imposibilidad se encarne y la imposibilidad de comunicar nos interrumpa. Hablar del sujeto hoy implica un habla plural, un silencio perturbador, asignificante, que no representa nada. Sin embargo la clausura de lo evidente y la apertura a los sonidos del mundo, supone del ritmo necesario para que la danza aparezca. Sin apertura, creo yo, dudosamente podemos pensar en la danza, además que el cierre es la oclusión del movimiento o la inclinación por lo continuo. Igual que el arte, el sujeto no expresa más la realidad que sus sombras. La fascinación por una de las caras de la moneda impide lo que nos sobrecoge en el enigma de lo indeterminado. Un extrañamiento eminentemente inaudito, expresa la experiencia del pensamiento que cree más en su juego de incógnitas que en la repartición de lo par. El sujeto concebido como espacio relacional, juego de sombras y de mutaciones que las experiencias límites generan, no es un espacio para pensar lo social, la realidad, no es un espacio teórico, cuando menos un concepto. Es un suspenso móvil, una transición, un pasaje, un paisaje. Nada que esté cerca de las palancas ni de las lógicas numéricas, el sujeto es la apariencia de su desaparición: su devenir.

“Los verdaderos pensamientos preguntan, y preguntar es pensar interrumpiéndose” (Blanchot, diálogo inconcluso, p.526). Pensar al sujeto y a la subjetividad como un trance, requiere la interrupción que la experiencia como fuente del conocimiento y de la comunidad, embriaga el todo de los fragmentos singulares, es decir su contorno fractal.

Consideremos las cosas de otro modo, intuyendo otras disposiciones para que el sujeto entre retirándose, es decir incorporando lo común de sus experiencias. No quiero que me den la razón, solamente intento un trayecto que pervierte las lógicas del consenso, del vínculo y de lo absoluto de una relación. Parto de lo inusual para que la experiencia que hace al sujeto no pueda denotarse como una regularidad exclusiva de lo social, sino que haga metástasis en un movimiento del movimiento, que ligue más con lo inédito y vivo de sus pasiones, con un susurro donde nadie puede pretenderse propietario.

El sujeto ahora no se totaliza en un proyecto, es sobretodo la pasividad del recorrido por los meandros de sus afecciones. Cuando decimos no al proyecto, es porque sentimos que a veces la carga denotativa de un desarrollo es proclive a su impasibilidad. Nos interesa resaltar el ritmo y la alegría que se produce en el gesto que se compone, se comparte, se dispersa en un territorio poco común, que liga más con las virtualidades que con lo que conocemos como real. Lo real desprestigiado por la clarividencia de la comprobación, la argumentación pisotea el lado afectivo que acompasa lo que es el sucedáneo del proyecto: el trayecto, el umbral de composición.

La comunidad como el destino imposible de la subjetividad, es la puesta en común de lo infinito, es la puesta en común de la vida afirmativa. Al lado de estos presupuestos, la subjetividad, me interesa ante todo por la vi que se encuentra en medio, la vida en medio de, y por la vid que se empareja con el vino, con Dionisio, dios de la vid, del delirio, del entusiasmo, del éxtasis, de la danza, de la tragedia y de las fiestas. La subjetividad va por ahí, sólo en el medio se disemina, no hay otra entrada posible. Si queremos dejar de mantener aquella perentoriedad del sujeto, impostando una retórica sublime, hemos de estar en medio, implicados en la intimidad de un movimiento insistente, imposiblemente de determinar, a veces de escribir. Me encuentro ante esa imposibilidad de quebrantar el espacio, para que aparezca de otro modo. Pasa lo mismo con el principio de incertidumbre de la física contemporánea. Es en este sentido, pero también en otro como el estar en medio, entre, es una figura no sólo de la vi de la subjetividad sino también de la tensión, de la energía potencial de la vida.

Andrés David Fonseca Díaz

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