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La Coctelera

LA COMUNIDAD DE LOS QUE ESTÁN SIN COMUNIDAD

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3 Octubre 2006

A propósito de una extraña sensación

Es extraño y a la par promisorio pensar la comunidad desde sus umbrales, desde aquellos lugares que son poco comunes para el lenguaje instituido, social y disciplinar, así como también en el marco de las epistemes restringidas que miran con desdén la complejidad que habita una formación histórica y social particular. Esta imposibilidad nos ha planteado nuevas indagaciones, así como explícitas renuncias; nos ha sugerido elegir (aún cuando sea un poco difícil) una distancia que suspenda todo condicionamiento irreductible de la comunidad a un territorio, a una identidad o a cualquier elemento que connote propiedad.
Es así que nos permitimos aproximarnos a dibujar uno que otro boceto sobre esta relación que hoy se afirma entre nosotros como lugar de la experiencia donde la lengua se hace a la vez más íntima e intensa y por estos rasgos genuinamente virtual y si se quiere imperceptible.

Decimos lo siguiente: a la vez que nos vamos sintiendo inmersos en este sin lugar, que es el espacio por excelencia de la comunidad, en cuanto proximidad de la experiencia compartida, nos vamos inclinando a otras formas de decir y hacer comunidad. Cuestión que ahora nos permite indagar por las relaciones que disponiéndonos alegremente se componen en lo común, en el espacio de producción de la subjetividad. Esto plantea pues, un desplazamiento radical, ontológico y disuelve quizá cualquier presupuesto teórico que no lleve articulado una pre-ocupación ética, estética y política, es decir, las relaciones y gestos que en el entre, (nosotros) constituyen la subjetividad a la par que enriquecen su poder constituyente.

Ambas lecturas muestran una línea difícil de perfilar, que se hace cada vez más proclive a su contraste trágico para los que vamos sin prisa pero alertas a construir otros estilos de vida y otras estéticas del pensamiento.
Idas y vueltas, motivaciones y especulaciones que atraviesan el leitmotiv de la comunidad (la experiencia compartida) nos hacen ver sus rasgos contemporáneos, al punto de derivar una escritura que irrumpa osadamente, sin miedo y sin encubrir cualquier calco de totalitarismo.

Hoy, estamos más que nunca comprometidos con evitar que se cuele entre nosotros, campos de exterminio como los que testimonia el precedente siglo. La cuestión del vivir con otros, solidariamente, ha rebasado cualquier aliento territorial. Ahora es el planeta y sus convulsas contradicciones las que exigen a cualquier comunidad atisbar en lo común y en sus modos de producción y circulación su resuelta actuación.

Si ubicamos las identidades barriales, colectivas, la construcción de sujetos sociales, la vecindad, las redes sociales, como bastiones de ambas lecturas, pensamos que hacen parte de la singularidad de una preocupación y de una trayectoria intelectual. Pero hoy nos preguntamos por la nuestra, ya que así consiste el ejercicio de un pensamiento en situación y contemporáneo de nuestras afectos y preceptos.

En este caso he pensado que pasar en un seminario de comunidad, de lo etimológico, filosófico, a lo étnico y urbano,... denota un paisaje que puede pasar inadvertido para nosotros, si procedemos de uno a otro afanados y sin algunas cuestiones, preguntas y afecciones que incardinen los movimientos investigativos de cada uno de nosotros. Creo que la plataforma de los seminarios poseen esta intencionalidad. Es en nombre de esto que nuestras pulsiones investigativas son necesariamente condiciones de un giro en la escritura y en lo que se piensa. De no hacerlo se corre el riesgo de realizar un juego retórico que supone de antemano una orientación en los contenidos. Pero me pregunto, si los contenidos y lecturas son dadas previamente, a qué se nos convoca en cada seminario, a constatar, a arribar a consensos, a participar democráticamente, a instruirnos en el plano de lo que es alfabetizable? O lo que se trata es de un paneo y una muestra actual por los diversos modos y rasgos de comunidad? A partir de esta ignorancia creo que se encuentra la posibilidad de acoger lo inaudible y la necesidad hoy más que nunca de la fiesta.

Cerrando esta breve deriva, y pasando al tema en cuestión, el barrio ha sido un lugar para la constitución de diferentes identidades colectivas, que alrededor de una práctica común y concreta ha determinado inéditos modos de estar conjunto, de acciones colaborativas y de luchas colectivas. Pero cuando trato de recordar el barrio, es como si rememorara la infancia, sus hazañas, los lugares sagrados y conquistados, los olores, los paisajes, las amistades construidas. Ahora estoy más en red que en mi propio barrio, a esto me refiero con las explícitas distancias que una lectura como estas produce. Quizá ahora si no basta con constatar una realidad, me parece más honesto dejar que un efecto de lectura y de escritura acontezca.

El lugar hoy es otro, las relaciones que se gestan y las travesías que se fundan, se vinculan a experiencias de índole más temporal que espacial. Lo digo especialmente porque me reconozco en la figura del extranjero en el tiempo como en la lengua. Experiencias en y con lo desconocido son ahora las formas de conectarme y de cultivar las fuerzas que componen el lugar de la comunidad. Así como se multiplican los itinerarios, también en la opacidad, no sé muy bien si en su declive, se establecen diferencias que se traslucen en las experiencias compartidas. No soy quien para desestimar una reflexión que en términos de contemporaneidad, adolece de la puesta en común de subjetividades que cuidan de sí mismos como de sus relaciones con los otros. La apuesta por la comunidad hoy difiere radicalmente y los grados de desviación son coextensivos con el placer de la singularidad cuando logra componerse a través de distintas mediaciones.

Es ahí donde quisiera acentuar y donde quizás gane velocidad e intensidad más la experiencia que el mismo teorizar. Qué seguirá, no lo sabemos, pero tenemos una cierta claridad frente a la subjetividad investigativa que se está formando en estos espacios del seminario. El cuerpo reclama de otro tipo de fuerzas que palpables en la potencias del lenguaje, acercan con mayor vitalidad lo que queremos radicalmente construir con los otros, con los próximos y vecinos.

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